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FELIPE MORANDÉ
"Una importación no tradicional"
04/10/2004



Para fomentar el crecimiento económico no se necesita aplicar una idea genial que dé en el blanco, sino más bien que el conjunto de políticas que se aplique sea un todo coherente y armonioso para que el sector privado invierta en capital físico, en capital humano y en tecnología. En Chile, posiblemente más de la mitad de las políticas públicas son amistosas con el crecimiento y por eso que ostentamos un récord en la materia que nos pone a la vanguardia en América Latina. Pero al mismo tiempo, ha ido tomando cuerpo la noción de que este estado de cosas no es suficiente para el ambicioso objetivo que nos hemos propuesto: alcanzar el umbral de país desarrollado en una fecha que estaría entre en 2010 y en 2020. En la era de la competencia global, ocurre lo mismo que en el país de las maravillas de Lewis Carroll: hay que correr dos veces más rápido que lo acostumbrado para simplemente no retroceder. Hay que vivir innovando en todo orden de cosas, incluidas por cierto las políticas públicas, para no perder el paso. Las buenas políticas de los ochenta y de los noventa deben ser re-inventadas, ser parte de un permanente proceso de reingeniería.

Este no es el lugar, sin embargo, para grandes disquisiciones sobre estrategias integrales de crecimiento, sino más bien un espacio para ideas precisas que confronten áreas particularmente débiles en cuanto al crecimiento económico. Al respecto, permítaseme formular una vez más una propuesta que por primera vez hice hace exactamente dos años atrás y que se vincula al precario manejo del idioma inglés en el país. Es evidente la necesidad y conveniencia de contar con un porcentaje mucho mayor de la población con un dominio razonable de la lengua inglesa. El inglés domina sin contrapeso en las transacciones comerciales y financieras a nivel mundial y Chile tiene una orientación eminentemente hacia el mundo. Además, con la importancia creciente que están tomando los servicios transnacionales a partir de las facilidades que ofrecen hoy los adelantos de las comunicaciones, no formar parte del club selecto de los que se entienden fluidamente en el idioma de Shakespeare es una gran desventaja. La contabilidad y el desarrollo de productos financieros tecnológicos de empresas como IBM, Fidelity, Wipro, Coca Cola, Shell, y otras, se lleva a cabo en India y administrada por vía electrónica porque en este país su población habla inglés. La inversión norteamericana en Irlanda ha sido gigantesca en la última década y media entre otras razones porque hay un elemento idiomático común. En Suecia, Finlandia y Holanda, casos de éxito indiscutido en progreso económico y liderazgo en innovación tecnológica, pero que tienen lenguas de nulo uso internacional, la gran mayoría de la población es fluente en inglés.

En Chile, en cambio, la educación en inglés es escasa y pobre, particularmente en el sistema público. Conciente de ello, el actual y activo ministro de Educación, Sergio Bitar, ha puesto como de alta prioridad en los programas de su cartera la incorporación de más horas de inglés en escuelas y liceos. Sin embargo, en la práctica se topa con una restricción “de oferta” dada por un reducido plantel de profesores de inglés en el país. En efecto, en el caso de la educación subvencionada (municipal y privada) los maestros de inglés suman menos de 5 mil, para una población educacional de 3,6 millones, es decir, apenas un profesor por cada 720 alumnos. Por otra parte, es sabido que la enseñanza de un idioma extranjero se hace mucho más expedita y eficaz si otras asignaturas, como matemáticas o ciencias naturales, también se enseñan en ese idioma. Si tomamos esto en cuenta, entonces la carencia de profesores aptos en nuestro país es casi absoluta (al menos en la educación subvencionada).

El entrenamiento de nuevos profesores, con estas características y en número suficiente, seguramente tomaría varios años, muchos más de lo que requiere una solución a un problema que parece bastante urgente. De hecho, si hoy se comenzara una educación bilingüe en forma masiva, los primeros egresados con dominio de inglés estarían disponibles para el mercado laboral recién en diez a doce años más. Si a eso agregamos algunos (varios) años de entrenamiento a nuevos profesores, el plazo se puede alargar fácilmente a los quince y veinte años. Demasiado para la velocidad que exige la globalización.

En este escenario, y ante la urgencia del problema, mi propuesta es simple en principio: que se “importen” profesores de matemáticas, ciencias e inglés, desde India, Bangladesh, Sudáfrica, Zimbabwe, o Filipinas, países todos donde la lengua inglesa es el primer o segundo idioma. En el contexto de un programa piloto, se realizaría una convocatoria internacional para traer a unos dos mil de estos maestros en un período de dos a tres años, a quienes se les ofrecerían contratos de largo plazo en distintas escuelas y liceos subvencionados a lo largo del país. El costo de esta medida es bastante reducido para el Estado. Según cálculos gruesos, no más de US$ 30 millones por año, es decir, menos del 1% del presupuesto actual del Ministerio de Educación. Esto es una fracción del subsidio indirecto que reciben anualmente la industria azucarera y los remolacheros, y mucho menos de los costos que imponen las diversas formas de burocracia estatal a la actividad productiva privada.

El Colegio de Profesores no debiera oponerse. La extensión de la jornada escolar y la flexibilidad curricular que contempla la reforma educacional en marcha dan un espacio adecuado para esta propuesta, sin que necesariamente se afecten los puestos laborales de los actuales docentes nacionales. Por otro lado, si se toma en serio la necesidad de una población que tenga al inglés como segundo idioma, se puede también plantear que la PSU (prueba de ingreso a la universidad) contemple una sección en lengua inglesa en algunos años más.

¿Y por qué no? Nuestro país en su historia ha hecho experimentos como este, por ejemplo cuando se trajeron colonos alemanes al sur de Chile, y los resultados han sido muy positivos. En los tiempos que corren, por lo demás, ¿quién podría estar en contra de una medida que, entre otras cosas, promueve la diversidad cultural? Como para que el ministro Bitar lo piense de nuevo. A mí me parece menos exótico que su idea de enseñar chino mandarín a nuestros hijos.