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FRANCISCO MATTE R.
Gerente General SNA
"Chile: Menos Estado es más país"

23/08/2004



Al ponerse a pensar en ideas para el desarrollo futuro del país, lo primero que a uno se le vienen a la cabeza son las clásicas (y necesarias) reformas que permanentemente economistas y empresarios liberales han estado predicando durante los últimos años: flexibilidad laboral, privatización de empresas estatales, desregulación de los mercados, mayor y mejor inversión en educación, mayor inversión en tecnología, reglas tributarias claras, etc. Pero hay un elemento que últimamente no se ha mencionado mucho, pero que tiene un impacto enorme en la capacidad de crecimiento de un país en vías de desarrollo; me refiero al tamaño del Estado.

Cada peso que consume el Estado es un peso menos para los privados, lo cual implica una diferencia de rentabilidad social importante, ya que la inversión o consumo privado usualmente es mucho más rentable o más eficiente que cuando es estatal. Por otra parte, un estado grande para ser financiado requiere de altos impuestos, lo que a su vez es un desincentivo para la inversión y el crecimiento. Esto se puede transformar en un círculo vicioso, ya que al disminuir la actividad cae la recaudación, lo que incentiva a subir más los impuestos para financiar a un estado siempre creciente. Lo anterior sin considerar los costos adicionales que implica el riesgo de mayor corrupción producto de las mayores dificultades de fiscalización de un Estado más grande.

En la actualidad, el tamaño del Estado en Chile representa aproximadamente un cuarto del PIB, y el número total de funcionarios públicos contratados supera los 320 mil. Algunos consideran que este tamaño es normal al compararlo con países desarrollados, como por ejemplo Estados Unidos, cuyo tamaño relativo es similar al chileno, o los países europeos, que andan en torno al 40%. Pero hay que tomar en cuenta que dichos países, a diferencia de Chile, no tienen sistemas de AFP y por tanto incluyen en sus presupuestos las pensiones a los jubilados, sin los cuales el tamaño relativo de sus estados podrían incluso ser menor al chileno. Aun así, esta comparación está sesgada por cuanto estamos hablando de países con ingresos per cápita mucho mayores que el nuestro. Los países más ricos, por decirlo de alguna manera, pueden darse “el lujo” de contar con un Estado grande, ya que ello no incidirá mayormente en el bienestar de sus ciudadanos.

Pero en el caso de países pobres o en vías de desarrollo, un Estado grande no es sino un lastre que atenta contra las posibilidades de crecimiento. En 1913, Estados Unidos tenía un ingreso per capita similar al que tiene Chile hoy, pero el tamaño de su Estado era de un 7% del PIB. En efecto, el contar con un estado pequeño en términos relativos fue uno de los factores que permitió a ese país el asombroso crecimiento durante los siglos XIX y XX.

En definitiva, lo que propongo es que Chile, siendo un país pequeño y de ingreso per cápita medio, debiera tender a un tamaño de Estado mucho menor al actual, idealmente a un nivel en torno al 10%, de manera de incentivar a que sean los privados los verdaderos motores de desarrollo y crecimiento del país. Siguiendo el principio de subsidiariedad, el Estado debiera focalizarse sólo a aquellas tareas que le son propias y en forma lo más eficiente posible. Ello permitirá, entre otras cosas, contar un esquema tributario acorde, es decir con un IVA, impuestos a las personas y a las empresas también del orden del 10%, con el consiguiente beneficio en cuanto a mayor ingreso disponible y mayor atractivo para las inversiones.

Ahora bien, el punto está en lograr esta meta. Para hacerlo de un año a otro habría que reducir en más de la mitad el presupuesto de la nación y despedir a un número significativo de funcionarios, lo cual todos sabemos que en la práctica es casi imposible de llevar a cabo. Sin embargo, si el Estado decidiera congelar por un tiempo su presupuesto en términos reales, de manera que año a año sólo se reajuste por inflación, suponiendo un crecimiento futuro promedio de la economía de un 5% anual, al cabo de 17 años habremos logrado un tamaño relativo del Estado de un 10% sobre el PIB. Dada la restricción de un presupuesto fijo y no creciente, este proceso deberá ir acompañado de un paulatino incremento en la eficiencia, de una efectiva modernización y de un reordenamiento real de las prioridades de gobierno a fin de que el Estado continúe cumpliendo las funciones que le son propias.

Pienso que una reforma de esta naturaleza no es fácil, pero sí posible. Estoy convencido que ésta por sí sola implicaría un significativo aporte a las condiciones para lograr un mayor crecimiento económico, que es lo que Chile necesita hoy para llegar a ser un país desarrollado para el bicentenario de nuestra independencia efectiva, en el año 2018.