IGNACIO BRIONES
"Chile: país de lectores"
20/12/2004
Si parece de suyo evidente que entender lo que se lee es clave a la hora de tener un adecuado tratamiento de la información, entonces usted estará de acuerdo que dicha capacidad esta íntimamente ligada a la de crear, de emprender y, en último término, al desarrollo económico. Lo anterior redobla su importancia en el mundo globalizado en el que Chile está inserto, caracterizado además por una revolución informática de proporciones. Lamentablemente, distintas mediciones indican que en Chile las habilidades de comprensión de lectura están muy por debajo de los estándares de los países desarrollados a los que aspiramos pertenecer.
Peor aún, nuestra elite educacional, que es aquella llamada a tener un rol protagónico en el desarrollo del mañana, tampoco muestra resultados muy auspiciosos. Según datos de la prueba PISA (2000), las capacidades de comprensión de lectura de nuestros estudiantes más privilegiados están por debajo del alumno promedio de un país de la OCDE. A nivel adulto, otra prueba (IALS, 2001) indica que el 59% de nuestros gerentes y profesionales tiene niveles de comprensión de lectura de entre 1 y 2 en una escala de 5. Tan sólo 10% de nuestros gerentes se sitúa en los niveles 4 y 5. Cabe señalar que en países desarrollados como Estados Unidos o la Nueva Zelanda que tanto admiramos, las proporciones son exactamente las opuestas.
Y llegamos a la pregunta de fondo ¿Por qué nuestra población, incluida su elite, tiene tan magros resultados en comprensión de lectura? La respuesta es de una trivialidad demoledora: simplemente porque en Chile no se lee (o se lee muy poco). Veamos.
Según una encuesta reciente del INE, 60% de los santiaguinos declara no haber leído un libro en los últimos 12 meses. En países como Francia, Gran Bretaña o Corea, más del 70% lee al menos un libro al año y el promedio por persona es cercano a 10 libros por año. Mientras en Chile 50% de los hogares poseen menos de 10 libros, en un país como Australia el 50% tiene más de 100 libros. En todo Chile existen 157 librerías (sucursales incluidas), es decir, una cada 100.000 habitantes. En países como Francia la proporción es de 1 cada 10.000.
Más allá de estas dramáticas diferencias, hay una justificación económica clara para llevar a cabo una política pública de fomento a la lectura. Existe un efecto complementariedad en que cada lector por separado se beneficia del hecho de que exista una mayor masa crítica de lectores a su alrededor con los cuales interactuar (externalidad positiva). ¿Se imagina usted la talla del efecto multiplicador a nivel agregado, en términos de conocimientos, generación de nuevas ideas y capacidad de innovación, si Chile pudiese ser un país de lectores? En lo que sigue propondré algunas ideas para fomentar la lectura en nuestro país.
Por el lado de la oferta, uno de los problemas que se han planteado es que en Chile los libros son caros. Lamentablemente, esto es un dato de la causa ya que Chile es claramente un tomador de precios en esta materia. Eximir o bajar el IVA a los libros sería una opción atractiva si no fuera porque el problema con las excepciones es que se sabe dónde comienzan pero no dónde terminan. Una subvención directa tampoco estaría exenta de problemas y podría prestarse a malos usos.
Una manera alternativa y más eficiente para disminuir el precio que enfrentan los lectores se logra a través de una buena red de bibliotecas públicas. Mientras en países como Estados Unidos. o Finlandia estas tienen un promedio de 3 y 5 libros por habitante, respectivamente, en Chile esa proporción no pasa de 0,4 y además 72% de los libros se concentra en la RM. Más que disminuir el IVA o establecer subsidios, propongo una campaña estatal agresiva en que esos recursos se destinen a la creación de bibliotecas y el “llenado” de las mismas. Propongo además que esa labor sea complementada por el sector privado con un esquema de incentivos tributarios que refuercen aquéllos contemplados en las modificaciones a la “Ley Valdés” en 2001.
Por el lado de la demanda, se requiere que los usuarios internalicen los beneficios que conlleva leer. Un primer elemento pasa por el mercado laboral. Aquí, las empresas, a través de sus procesos de selección, están llamadas a dar señales de que, más allá de competencias específicas, la capacidad lectora constituye un plus que es valorado. ¿Se ha preguntado usted por qué a un licenciado en literatura puedan peleárselo en Londres para desempeñar cargos de alta responsabilidad en el mundo de los negocios y en Chile eso no sucede? Aunque casos como el de la historiadora Lucía Santa Cruz (nombrada directora de un importante banco) son esperanzadores, no dejan de ser la excepción que confirma la mala regla vigente. De más está señalar que buena parte de este desafío recae sobre nosotros como ingenieros comerciales.
Un segundo elemento crucial para sensibilizar respecto de las bondades de la lectura es el uso del marketing. Propongo una agresiva campaña comunicacional pública, de largo aliento y a nivel país. Esta podría tener dos dimensiones. Una primera, tal cual se aplica en países como Estados Unidos, destinada a lograr que los padres incentiven la lectura de sus hijos desde pequeños. La segunda, apuntaría a fomentar la lectura nivel adulto y juvenil. ¿Le parecería a usted muy descabellado que tuviéramos en comerciales de TV a rostros como los de nuestros consagrados Parra, Edwards o Rojas invitándonos a leer? ¿O que los más jóvenes y “taquilleros” Fuguet, Simonetti o Gumucio, por dar sólo algunos nombres, apelaran a las generaciones más adolescentes?
¿Y si después de todo esto, como sucede en otros ámbitos, leer se transforma en una moda? Entonces, ¡bienvenida!