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PAOLA ASSAEL
"Pago por buena salud"
15/11/2004



Chile es el octavo país en que más horas se trabaja (Internacional Institute for Management of Development, 2003). Y no es porque nos encanta trabajar, ni porque somos tan productivos que nuestro tiempo es oro. Es porque estamos muertos de miedo a perder el trabajo, y que el jefe(a) te vea de sol a sol (en nuestro caso de luna a luna), se percibe como un seguro contra el despido.

La inseguridad laboral ha crecido por la concentración de la riqueza, la globalización y una tasa de desempleo cercana al 10% que ha costado bajar. Perder el empleo es el principal temor de los chilenos en todos los estratos socioeconómicos, con un 40% que identifica esta situación como la que produce mayor temor, cifra superior al 27% que teme más ser víctima de un asalto (Universidad de Talca, junio-julio 2004).

El miedo a perder el trabajo hace sentir que hay que hacer esfuerzos extraordinarios para mantenerlo. Es mal visto que la persona se vaya temprano, que dedique tiempo a su familia o que muestre alguna preocupación distinta al trabajo. La consecuencia es que la persona siente una constante sensación de amenaza. Se siente perseguida, temerosa e incompetente, debilita su sistema inmunológico y empieza a enfermarse. Los primeros síntomas son resfríos frecuentes, problemas estomacales, colón irritable, falta de concentración, inseguridad, dificultad para tomar decisiones, ansiedad, irritabilidad, aislamiento y depresión. Después de un tiempo vienen los problemas cardíacos, los trastornos mentales y las enfermedades catastróficas.

Para los trabajadores chilenos es inviable comunicar que están estresados. Hay que enfermarse grave para que sea socialmente aceptado parar, llegando a una solución ineficiente de “reventados con licencia médica”. No es de extrañar que en Chile el 30% de las licencias médicas se deba a stress laboral. El stress es muy caro. Además del costo en “felicidad” de las personas, cálculos internacionales estiman que cada persona que sufre de stress representa costo directo e indirecto (ausentismo laboral, gastos médicos, pérdida de tiempo y errores profesionales) de US$ 2 mil anuales (El Diario, abril de 2002). En el Reino Unido el costo es de 3,5% del Producto Interno Bruto (Temas Laborales N°18, septiembre 2001).

En Chile uno de cada cuatro habitantes adultos del Gran Santiago presenta un trastorno psiquiátrico (Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, febrero 2002). Un tercio de la población declara haber tenido depresión en el último año. Un 53% declara haber tenido stress en el último año, de los cuales un 42% lo atribuye principalmente al trabajo (Fundación Futuro, noviembre de 2003). Un 56% no hace absolutamente ningún deporte ni actividad física, y un 70% con suerte una vez a la semana (Gobierno de Chile, 2002).

No tiene sentido enfrentar los problemas de trabajo y de salud separados, porque están altamente correlacionados. El stress laboral afecta la salud y la salud afecta la productividad. Propongo reconocer esta relación y corregir las distorsiones por medio de dos buenas prácticas o incentivos económicos.

1.- “A las 7 se apaga la luz”.

La hora de salida del trabajo enfrenta el dilema del prisionero. Todos estarían mejor si es que todos se fueran más temprano, pero el miedo impide que cada uno decida individualmente hacerlo. El resultado es que todos trasnochan en la curva de los rendimientos muy decrecientes. El valor de “apagar la luz” libera al prisionero. La empresa “echa” a sus trabajadores a una cierta hora, por lo que no queda cuestionado el compromiso de la persona con su trabajo por no quedarse hasta más tarde. Se hace el mismo trabajo, pero en menos tiempo y con menos cansancio. El valor de esta práctica es su simpleza y su eficacia. Esta es una medida que están practicando algunas empresas, pero muy pocas.

2.- Pago por buena salud.

Esta práctica consiste en que las empresas entreguen un incentivo económico significativo a las personas que logren metas de buena salud. Existen indicadores y acciones medibles tales como peso, colesterol, pulmón, exámenes médicos preventivos al día, práctica de deportes, días tomados de vacaciones, e incluso tests de salud mentales como la Entrevista Clínica Estructurada Revisada (CIS-R). No se trata de premiar a los Adonis naturales, pero sí a los que por sus buenas prácticas ahorrarán grandes costos a la empresa, al sistema de salud, a sus cercanos y a ellos mismos. Puede interpretarse como el pago por el servicio técnico al día del capital humano. Es posible que este pago fuera también financiado por los Isapres como parte de la medicina preventiva.

La ventaja de esta práctica es que reconoce directamente la relación entre salud y trabajo. Para las empresas disminuye la aparente rentabilidad de corto plazo de reventar a los trabajadores, y para los trabajadores aumenta el beneficio de mantenerse sano, acercándonos al equilibrio óptimo de tiempo y energía dedicada al trabajo y tiempo y energía dedicada a la salud. Estas medidas son adaptables a la realidad de cada empresa. Lo fundamental es reconocer que la salud es “rentable”, y que el sistema tal como está hoy está reventando la salud, por lo que hay espacio para leyes, buenas prácticas e incentivos económicos que “obliguen” a preocuparse de la salud. El dilema del prisionero que enfrentan las personas requiere la iniciativa de las empresas o de la ley.